Parece mentira

Hace cinco años, en esta misma columna, se podía leer que Naturlandia, tal como estaba planteada, se había visto que no era viable; ni socialmente, ni económicamente, ni medioambientalmente. Y que ya entonces una de las principales preocupaciones, más allá de la precaria situación de la plantilla de trabajadores del parque, era el futuro que les esperaba a los animales allí encerrados, los que desde sus jaulas contemplaban a los visitantes humanos. A esos animales, que también eran víctimas de la mala gestión política de los ediles, no los defendía nadie por la falta de herramientas legales, dada la falta de legislación animalista. También se recordaba en este espacio, ahora hace un lustro, que en Andorra no existía una organización protectora de animales con el suficiente músculo económico para poder hacerse cargo de los animales, en el caso de un cierre repentino del parque de animales. También se preveía que, de venir mal dadas, los animales serían enviados al otro lado de la frontera, como se hace con los extranjeros cuando salen de la cárcel. Dicho y hecho.

El cierre del parque de animales de Naturlandia pronto será una realidad. Los predadores y herbívoros que lo habitan serán enviados a otros parques de animales. Algunos a un santuario, donde es previsible que tengan una vida menos triste que aquellos que vuelvan al circuito de la explotación turística. La pregunta a hacerse es: alguien del parque los acompañará para asegurarse de que su destino es lo pactado? Sería muy triste, y una oportunidad perdida, no poder demostrar, con pruebas gráficas, que estos animales serán bien acogidos en su nueva casa. Y que disfrutarán de unas instalaciones en condiciones adecuadas.

Se sabe que los animales nos generan emociones, y, por tanto, recuerdos. No sólo a las lauredianas y a los lauredianos. También a los miles de visitantes del parque. Sería conveniente, pues, que Naturlandia hiciera un esfuerzo para informar de este traslado. Que no despidiera a los animales como si se tratase de un despido laboral causal; al contrario, aquellas bestias se merecen un reconocimiento por haber sido encerradas, algunas tiroteadas y otras abandonadas a su suerte.

Lo que no puede ser es que Naturlandia se limite a cerrar un trato con quien se haga cargo de los animales, y luego se desentienda. Como aquel que vende un mueble o un coche. Los osos, los lobos y los linces son seres vivos que sienten, al igual que nosotros. Son seres conscientes, lo que significa que tienen sentimientos. Experimentan emociones, miedo, dolor y placer. Sería inhumano, pues, que Naturlandia no hiciera un seguimiento de sus animales, para asegurarse de que allí donde vayan sean bien tratados. Y, evidentemente, que nos mantuviesen informados.

Esta es la versión en castellano del articulo original en catalán publicado en el Diari d’Andorra

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