Sin miedo

Entramos en una época en que la ausencia de miedo será un indicador del buen funcionamiento de las sociedades. Una sociedad sin miedo es síntoma de que las instituciones hacen bien las cosas. Que la cosa funciona. Que la gente puede contar con un futuro próspero sin amenazas reales.

En todo caso, el miedo fue lo primero que se manifestó tras el estallido de la pandemia. A consecuencia del confinamiento, del paro, las dificultades de abastecimiento de alimentos así como de otros aprovisionamientos, el miedo estuvo presente en nuestras vidas diariamente. Al igual que la soledad, el aislamiento, el cambio de hábitos y la constante incertidumbre. Para combatir tanto miedo primero se apeló a la solidaridad, en forma de cánticos en el balcón, para, a reglón seguido, con afirmaciones generalizadas que de esta crisis saldríamos siendo mejores personas.

Alguien lo recuerda hoy? ¿Quién es capaz de cerrar los ojos y recordar aquellos días en que nuestras calles olían a bosque? O aquel silencio ensordecedor de los mediodías urbanos? Quien tiene presente, ahora, el aire respirable y limpio que recorría los bulevares de las grandes ciudades? Quien rememora la visión de animales salvajes caminando, sin miedo, por las calles de los humanos?

Pasando página, tal como se predijo, los mercados han hecho lo imposible para lavarnos el cerebro. Nos han convencido de que aquello fue un sueño, un espejismo, una utopía. En definitiva, que fue un error del sistema que nunca se debería haber producido. Porque mostró las vergüenzas del mundo que nos rodea. Fue una especie de striptease en el que, una vez cae la primera pieza de ropa, nada se para hasta el desnudo completo. Este dejó al descubierto una fisonomía social e institucional más bien insalubre. Una civilización enloquecida por el afán del beneficio a corto plazo.

Si no, como se explica el mercadeo de material sanitario de los primeros meses? O la paralización actual de las cadenas de distribución de materiales esenciales para la industria? Qué decir del sistema de financiación de las vacunas, en el que los costes fueron públicos y los beneficios son privados?

A pesar de que haya cosas que ya no se puedan remediar, siempre se estará a tiempo de rectificar. De tomar decisiones valientes para que las cosas esenciales, como las vacunas, salgan a precio de coste. A la postre, todo lo que es público, como la energía de nuestros hogares, las telecomunicaciones y las infraestructuras de movilidad, debería salirnos a precio de coste. Debemos ser capaces de imaginar y enderezar una sociedad donde lo que es imprescindible sea público y nos cueste cero. Sin miedo. Sin provecho.

DR

Esta es la versión en castellano del articulo original publicado en el Diari d’Andorra

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